
Se plantó frente al árbol ancestral con la solemnidad que el sagrado ritual exigía. Como siempre que se paraba ahi, donde podía sentir el sol en la frente y el techo de su cabeza. Como siempre que salía con el resto de los cazadores de la tribu a buscar presas que honren su estirpe de Gran Cazador y alimenten a su gente. Como siempre que se apartaba del resto dejando en el suelo sus herramientas de cacería; arco, flechas, lanza y hacha; para tener el encuentro "a solas" entre el Gran Espíritu de savia y sombra, y su propio espíritu.
Aquel árbol era tan un misterio como un portento. Fuerte y no tan abundante en madera y hojas, se alzaba firme entre las rocas de las mesetas donde solo crecían apenas cactus y otras especies desérticas. Sus ensortijadas raíces parecían provenir del centro mismo de la colina, como si ésta estuviese fundada sobre el vegetal y él le sirviese de sustento.
La silenciosa danza comenzaba con el contacto de las raíces de aquel humano-que-no-se-sabía-humano, con las raíces del árbol-que-no-se-sabía-árbol. Las plantas de los pies plantadas en la tierra que alberga a la planta. La planta plantada en la tierra que contacta con las plantas de los pies. Una simbiosis vibratoria entre partes de un todo. Partes que no se saben partes, por no saber del concepto "división".
Continuaba la danza con el cerrar de los ojos al alzar la cara hacia el sol, recibiendo el baño de su cálida luz. Seguía a la cara el izamiento del plexo y el lento descenso de la espalda en busca de la perpendicularidad con el suelo. El rostro no dejaba de mirar al sol. Los brazos en jarro pasaban a hacer de soporte de la espalda, con los nudillos en la cintura, debajo de ésta. Un arco tenso cuyo extremo superior recibía la luz del cielo y el inferior conectaba con la Madre Tierra. Una imaginaria cuerda que retenía una imaginaria flecha que apuntaba al tronco impetuoso.
Unos minutos que las partes-no-partes no medían como minutos, duraba la tensión, hasta que la vibración alcanzaba el punto máximo del ciclo, y éste se invertía para completar el movimiento natural de todo péndulo. Entonces, se inclinaba el cuerpo lentamente hacia adelante, hasta contactar la tierra con la yema de los dedos. La cabeza pende con los cabellos punteando el suelo y los pies que no se despegan de su arraigamiento. Unos minutos mas asi, en trance con la tierra y el árbol que guardaba la memoria de sabios ancestros.
Lentamente se incorporaba el cazador, se acercaba al tronco con los brazos extendidos hacia él y afirmandose en el suelo en cada paso, concentrado en el permanente contacto, en el enraizamiento. Las manos se impregnan de la vibración de la madera. Sienten circular la transparente sangre como propia. La comunión del hombre con sus raíces y la tierra donde están plantadas. Una plegaria musitada que el viento llevaba a algún rincón de fantasmagóricos oídos... y el ritual terminaba con la retirada en silencio y un breve contemplar el paisaje desde el mirador que ofrecía la colina. A veces la plegaria resultaba y desde ahi mismo se podía divisar alguna presa. Ésta vez, lo divisado era nada apetecible.
La caravana se acercaba al valle lenta pero prepotentemente, desafiando las inclemencias de un desierto cuyo pasaje conducía a una "tierra prometida" que ya albergaba a los adoradores del árbol de la colina, desde mucho antes aun de que el árbol fuese un retoño. La imponente presencia del extenso gusano contaba con una tropa de hombres de azul, seguida de carretones cubiertos y otros con armamentos y barriles. La nube de polvo era llevada por el viento en sentido contrario a la ubicación de la aldea. No había tiempo que perder.
De pronto, el mismo reafirmarse en la tierra para bendecir las presas que palearían el hambre, pasó a ser la bendición de un guerrero. El hambre debió reemplazarse por sed de sangre. Aquel gusano estaba devorando a los hermanos de otras tribus y ahora venía por su gente y por su agua y por su sol y sus colinas y su aire y su árbol.
Dejó la contemplación para pasar a la acción. Antes de reunir a los cazadores-guerreros, se agachó a tomar los elementos que había dejado como herramientas, y ahora portaba como armas de guerra.
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