Sepan disculpar las modestias...

Cuentos cortos, cuentos tontos, cuentos prontos, cuentos quentes, cuentos cuerdos,

cuentos locos, cuentos cruentos...

cuertos contos.



Cuando se pone uno a escribir una historia que rondaba en su cabeza, corre el riesgo de estar juntando cosas que ha leído

y que acuden a vaya a saber qué convocatoria cerebral de compleja índole.



Sepan disculpar las molestias ocasionadas, aquellos que detecten faltas de ese tipo
repetitivo o copiador.



Y sepan disculpar las modestias, cuando alguna de esas ideas,
resulte original y sea buena...




CON ILUSTRACIONES DEL AUTOR






miércoles, 29 de febrero de 2012

REFLEXIÓN (Cuento violento)

Él: -Mirate, puta reventada. No te da vergüenza... El aspecto que tenés cuando salís de la cama... ¡Asco, das...!

Ella pareció no acusar recibo de la agresión.

Él siguió: -Patética... Por mas que te diga, no aprendés... Sos la peor. Te arreglás un poco y creés que con esa imagen de buena persona, honesta, honrada, decente, que das, me engañás... Pero no. ¡A mi no me engañás! ¿sabés? Yo te conozco. Te conozco bien, si... Yo se quien sos. ¡Puta!.

Ella lo miró. Pareció reaccionar.

Él volvió a la carga: -Naciste marcada. Nada de lo que hagas va a cambiar tu condición. Los que nacen en la mierda, viven toda su vida impregnados en eso. Y vos, puta mal nacida, ¡naciste de una puta maldita y arrastrada, que te parió por el culo y en un sucio y maldito charco de sucia mierda...!

Él se había enrojecido, como cobrando vigor, exaltación en la indignante ráfaga de imprecaciones que vociferó. Subiendo el nivel de sonido en cada palabra, como si una mano del mismo Satanás girara a la dercha lentamente el diabólico potenciómetro de volumen de su insensatez. Los ojos inyectados en sangre.
Hizo en ese estado bestial una pausa. Quizás para respirar.
Ella acumuló en sus sacos lagrimales la humedsd suficiente como para que una gota de uno desbordara.
Él pareció conmoverse. Pero solo por un segundo. Pronto empezó otra vez:

_Llorá, si... Llorá. Llorá tus lágrimas de cocodrilo, puta... Como toda tu vida, cada vez que demostrás que no servís... que sos buena para nada, y cuando ya te mandaste la cagada y no tiene arreglo, ahi nomás te ponés a llorar... ¡Y creés que con tus lagrimitas de mierda, me vas a engañar a mi...! ¡A ellos puede que engañes, a algunos, pero a mi no ¿sabés?! ¡A mi no...!

Él miró hacia abajo mientras respiraba agitado. Tal vez para quitarle los ojos de encima a ella, con la esperanza de no sentir tantas ganas de golpearla. Pero levantó la vista y ella seguía ahi, como esperando la continuación de semejante tortura verbal. Que continuó:

-Y ayer si que te la mandaste... Ayer si... No te alcanza con acostarte con todos los compañeros de trabajo que te tengan ganas, no. No te alcanza... Tenías que acostarte con el General... ¡Con el General...! ¡De todos los tipos del mundo con los que te podés revolcar para humillarme y arruinarme la carrera, tenías que revolcarte con el General...! ¡Con todo lo que eso me va a traer...! -se pasó una mano por la cara resoplando y hasta pareció que eso le hubiese corrido una máscara que ahora dejaba ver una pretendida sonrisa. Pretendida por lo cínica- Pero bien que te gustó ¿eh, putita...? Te gustó, se te nota... Lo deseabas, lo provocaste, lo conseguiste y ¡te lo tiraste!. Bien que te gustó, si... Total, ¿qué importa todo el esfuerzo que yo pudiera haber hecho para llegar adonde estoy...? ¿Qué te importa a vos, puta maldita? ¡¿Qué carajo te impota a vos?! ¡Una mierda, te importa! ¡¡Una mierdaaaa...!!

Ella bajó la cabeza. Pareció tragarse alguna palabra que podría haber dicho, por pura abnegación. O por costumbre. O por pura resistencia.

Ya era el un enchastre de transpiración, elevada temperatura. Y lágrimas. Como si hubiese descargado una pesada bolsa de podredumbre, agotado, bajó el tono de su brutal vozarrón, para agregar:

-Si tuvieses huevos te tendrías que matar...

Dejó de mirarla para ir a abrir el grifo de la ducha y quitarse todo ese lodo maloliente del que se había cubierto. Rutina: Levantarse, descargarse con ella "por todo lo que le había hecho", ducharse, desayunar, ponerse el uniforme y presentarse en el Liceo. En el sagrado predio que lo vió crecer en su carrera, donde sus subalternos esperaban recibir sus órdenes y reflejar su conducta ejemplar. Todos los días.

Antes de meterse bajo la lluvia, quiso verla a ella una vez mas, para tener una reflexión. Pero no pudo. El espejo estaba totalmente empañado por el vapor del agua caliente.




martes, 28 de febrero de 2012

VIRTUAL DRAMA (Cuento bilinguable)


¡Ahi está uno, papá...! -gritó su hija- y sus manos llevaron el arma rápidamente en dirección al otro de esos malditos que lo habían llevado a ésta demencial situación. ¿Cuántos iban ya?. ¿Cuántos se había cargado....? No era momento de ponerse a pensar en eso. No había tiempo. Era tiempo de los reflejos mas rápidos. El tiempo del que dependen la vida o la muerte. Y solo en un segundo. Lo que tardó en apretar el gatillo y provocar que la bala pasara del cañón de su pistola a la cabeza del maleante en fracción. Otro segundo tardó en estallar la cuarta parte de esa cabeza en fragmentos de cuero, hueso y sesos, en una explosión púrpura que salpicó a su amigo, a su fiel amigo, que pistola en mano, iba delante de él apoyándolo en su cruzada justiciera. Algo le dijo éste, tal vez acerca de la salpicadura, pero no llegó a entenderle. Tan pronto fue que apareció otro de ellos y le disparó a ese amigo, ese que estuvo ahi incondicionalmente, incansable, repartiendo balazos a los miserables junto a él... y ahora literalmente reventaba por su pecho. Otra vez la sangre salpicando la escena en una vorágine de locura, de pesadilla...

_¡Hijos de putaaaaa...! -su grito de guerra mientras le descargaba cuatro, cinco, seis balazos a ese hijo de puta que lo dejara sin apoyo, sin la fidelidad de su compañero en la lucha. Y mas de la roja salpicadura que ciega y también tiñe de furia roja el pensamiento, el accionar y la pesadilla misma. Todo se acelera como los latidos del corazón, que parece querer escaparse del pecho... No terminó de caer el bastardo, que ya otro salía de detrás de su parapeto a los tiros, enloquecido, acorde con la demencial escalada. Dos tiros bien apuntados alcanzaron para hacerlo caer entre gritos y polvareda, pagando caro el desccuido de ponerse a descubierto. Y mas sangre...
Recargar. Ponerse a cubierto y recargar el arma. Aprovechar para ver de reojo a su hija, que estaba ahi, mirando a su padre lavar su honor. Y él, orgulloso, pero dolido. Y atento, alerta al próximo descuido del enemigo. Al próximo ataque... que no se hizo esperar. El resuello duró poco: El ojo de la puerta de la casilla del muelle, se iluminó dramáticamente con la ráfaga que disparó otro indeseable. ¿Cuántos quedarán...?
Ni pensar: disparar. Una, dos, tres veces. El grito. La sangre. Avanzar. Avanzar inconscientemente, arrebatadamente. El ansia de acabar con todos. De limpiar el lugar de ellos. De mostrar a su chiquita quien era su padre, que estaba ahi cuando ella lo necesitara... Y ella: -¡Ahi, papá!. Y otro que cae. Y mas sangre... Ya se convenció de que ¿la suerte? estaba de su lado. Que ésto era ¿fácil...?. Y otro mas... y otro menos. Y la sangre. Y... _¡Papá...!!
¡Dos! ¿Dos...? Dos, a ambos lados. Derecha e izquierda. A la vez . Uno recibió un tiro, y el grito, y el polvo, y la sangre... y el tiempo. El tiempo que no alcanzó para girar el arma y apuntar y disparar al otro, antes... antes que éste dispare primero. Y ahora es tarde. Tan pronto es tarde...
Ahora la sangre es propia. Todo es púrpura. La vista se puso roja. Y el dolor. El dolor de no haber podido salvar el honor de su hija... ¿Cómo no pensó que a medida que se avanza, crece la dificultad...? Y la mofa. La burla, en medio del sangriento escenario... La burla de los chicos... y su chiquita tan decepcionada...
Pero ya no hay nada que hacer. Solo tragarse la bronca mientras la vista roja está fija en la pantalla de la consola donde en rojo se lee "You're dead!"

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jueves, 23 de febrero de 2012

TODAS LAS MUJERES DE LA PRESIDENTA


El despacho de la Secretaria de Asuntos Prioritarios de la Presidencia, sorprendió a Don Benjamín por lo austero, teniendo en cuenta el lugar y la importancia de lo que alli podría tratarse. Ya por via telefónica le habían anticipado que esa oficina había sido creada recientemente, con el objeto de adelantarse a situaciones que debieran ser atendidas con mayor o menor urgencia, antes de ser tratados personalmente por la Primer Mandataria -en caso de ser requerida su intervención personal- y asi también, evitar una demora o pérdida innecesaria de tiempo al solicitante. Don Benjamín pensó: "En mi barrio, a eso le decimos filtro..."
A Don Benjamín le llamó la atención también, que quien oficiaba de guardia -"armada y todo"- en la puerta, fuera una mujer. Y no porque no correspondiese que lo fuera, si no porque se sumaba a otras que había visto u oído en todo el trayecto que lo llevó a aquel despacho. Se sumaba, pues, a la recepcionista; a la que lo había atendido por teléfono; a la asensorista y a la que ahora depositaba dos cafés sobre el escritorio y con voz ténue le preguntaba si necesitaba algo mas a la Secretaria -Helena Pastora-, a la que, ciertamente, hay que agregar a la suma también. Observó que la mujer que tenía enfrente, bien podía ser una relacionista pública. De unos aproximadamente treinta años, la veía elegante, resuelta, con ese look intelectual de ojos claros chispeantes tras los anteojos, el pelo recogido tirante y un innegable aire sexy.
Helena Pastora agradeció a la camarera y con un gesto de la cabeza le indicó que podía retirarse. Después tomó su pocillo por el asa y sin agregarle ningún endulzante, se lo llevó a los labios directamente y lo bebió de un trago. Mientras apoyaba la tacita vacía en el plato, se dirigió a Don Benjamín, que rescataba los sobres de azúcar de entre los de edulcorante.

_Entonces... por lo que dice el informe de la recepción, usted está aquí porque quería ver personalmente a la presidenta...

Don Benjamín dejó de revolver el café, apuró un sorbito, tragó mientras escuchaba, y asintió con la cabeza antes del próximo sorbo. Helena Pastora continuó:

_...y el tema que lo trae es la salud de ella...
_Asi es. -dijo Don Benjamín antes de terminarse el cafecito. Inmediatamente después, agregó: _De la de ella y del resto de los presidentes sudamericanos.
_¿Se refiere a...?
_Me refiero al cáncer.

Helena Pastora retrocedió el torso hasta apoyar la espalda en su silla. Tomó la lapicera que estaba sobre el escitorio y jugó con ella sobre el papel del informe que tenía delante.

_La presidenta no tiene cáncer.

Girando
el bolígrafo entre el pulgar y el índice, apoyaba la punta sobre el papel, daba una vuelta, apoyaba la parte trasera, presionaba el botón de apertura, daba otra vuelta...

_Lo se. Pero lo puede tener, si no la cuidamos... -dijo el misterioso abuelo
_Ese es nuestro trabajo, no el suyo, Don Benjamín. Al trabajo de cuidarla, me refiero.
_Eso también lo se, pero mi intención es aportar datos que puedan llevar a entender que los presidentes -ella incluída- pueden estar siendo objeto de atentados contra su salud que pueden llevarlos a la muerte...

Helena Pastora miró a Don Benjamín a los ojos sin dejar de jugar con la lapicera, y un tanto impaciente o molesta. Dijo:

_Que uno de los presidentes haya dicho o insinuado que podría existir un complot estadounidense para inducir al cáncer a "mandatarios sudamericanos molestos", no convierte a la frase en un hecho. Es muy improbable la posibilidad de hacerlo...
_No lo creo asi. Y cuando le explique como se podría lograr y como lo se, usted también creerá como yo.

La lapicera resbaló de entre los dedos de Helena Pastora en el preciso momento en que el botoncito estaba con el resorte comprimido. Ésto provocó que al extenderse dicho resorte, el útil saliera disparado hacia arriba y un lado. Pero nunca tocó el piso porque Don Benjamín lo atajó con un rápido movimiento y sin pausa se lo ofreció en la mano a su interlocutora con una sonrisa. Ella le dovolvió otra sonrisa de aprobación mientras tomaba el bolígrafo.

_Para sus años, tiene usted unos muy buenos reflejos... ¿qué edad tiene...?
_Ochenta y siete. Gracias. -dijo Don Benjamín con un fulgor que desbordaba por entre las ranuras que eran sus ojos, flanqueados por párpados apelmasados por arriba y bolsas cargadas de tiempo transcurrido por debajo.

Helena Pastora se quedó con la lapicera anclada en el escritorio mientras inquirió:
_¿Y qué hace que una persona con sus años a cuestas se preocupe tanto por lo que pueda decir -tal vez en broma- un presidente latinoamericano...? ¿Porqué se toma éste trabajo de advertirnos éste... posible complot...?

Don Benjamín la miró durante todo el tiempo que duró la pregunta casi sin parpadear.

_Mire, le cuento: Yo trabajé un tiempo, durante la dictadura, en laboratorios secretos de Fabricaciones Militares. Soy químico profesional. Aca también se buscó experimentar nuevas armas químicas, en aquellos años. Ahi conocí a un agente de Inteligencia que tenía -y sigue teniendo- mucha información. Nos hicimos muy amigos y, algunas cosas clasificadas que no podía contar por ahi, las compartía conmigo... Ya sabe como es eso. -en ese momento parpadeó, pero para guiñar un ojo-. Éste pais pasó por muchas gobernaciones desastrosas y creo que, tanto aca, como en el resto de América, nunca se estuvo tan cerca de estar tan lejos de las garras del imperialismo. Por aquellos tiempos oscuros, yo tenía que trabajar y no tuve opción... Mi familia corría peligro si yo no aportaba mi ciencia a la causa... Pero ahora tengo la oportunidad de resarcirme de los daños que pudiera provocar a otros... y a mi conciencia.

Helena Pastora soltó la lapicera y se echó hacia atrás contra el respaldo -ahora con todo y sillón- a la vez que se cruzaba de brazos.

_¿Entonces...? ¿Aun lo sigue viendo y "el bien infornado" alentó en usted la teoría conspirativa?
_No. Verá: a él lo consulto sobre algunos actuales mecanismos de manejo de seguridad en áreas de Gobierno, para corroborar mi teoría... Pero la cosa no viene por ahi...
_Lo escucho, entonces.
_Bien...

Don Benjamín juntó ambas manos con los dedos entrecruzados sobre el escritorio y comenzó con una pregunta su relato:

_¿Oyó hablar del Doctor Linus Pauling...?
_Mmmm... -frunció el ceño Helena Patora.
_No importa. Es lógico que no se haya difundido debidamente su obra, a pesar de haber sido dos veces Premio Nobel, de Química y de La Paz. Parte de su trabajo fue en contra de los intereses de grandes corporaciones internacionales, y son las mismas que poseen cadenas de medios de todo tipo...
_Dos veces Nobel... Interesante.
_¡Ya lo creo! Pauling fue un brillante científico estadounidense que, entre otros aportes decisivos para investigaciones posteriores, como la de la doble hélice de la estructura del ADN, la naturaleza de los enlaces químicos -por eso recibió el Nobel en mil novecientos cincuenta y cuatro-, un auto eléctrico, el mejoramiento de combustibles para misiles durante la Segunda Guerra...
_"Una de cal y una de arena" a la hora de evaluar los aportes a la Humanidad, ¿verdad...? -interrumpió la Secretaria.
_Tal vez... -dijo Don Benjamín levantando las cejas y dirigiendo las pupilas a un costado por un instante- pero fíjese que cuando lo invitaron a participar del Proyecto Manhattan -para desarrollar la primera bomba atómica- él rechazó esa invitación, firmó con Einstein y otros seis científicos un manifiesto por la paz y la no proliferación de esas armas, se hizo activista de esa causa, y el segundo Nobel, de La Paz, en el sesenta y dos, lo recibe precisamente "por su lucha en contra de las pruebas nucleares..." ¡Hasta llegaron a llamarlo comunista en su propio país...! Ni que hablar de como le dieron la espalda en épocas de la Guerra Fría...
_Entiendo la pasión que pueda usted sentir por éste... "gran hombre olvidado", pero... ¿cuál es la relación con...?
_¡Disculpe! Me excedí un poco con la semblanza del personaje, pero vale la pena conocer su obra. Ya llego al punto de relación. Pauling investigó mucho sobre la salud y los micronutrientes. Se curó a si mismo de una enfermedad renal que se consideraba incurable, a base de una dieta específica. Ésto lo llevó a estudiar fervientemente sobre vitaminas, minerales, proteínas... y su influencia a nivel celular. El término ortomolecular, aplicado a la medicina, es suyo.

Helena Pastora suspiró, cruzó una pierna por encima de la otra y descansó los brazos en los apoyos de su sillón. _Ahá...

Don Benjamín entendió el gesto y se mostró apurado por mostrarle su punto.

_En un libro que escribió sobre la vitamina C y el resfrío común, Pauling explica cuanto estudió sobre los relatos de aquellos marinos que sufrían espantosas enfermedades en alta mar, y que llevó al descubrimiento de esa vitamina, el ácido ascórbico. Ese cuadro clínico que llamaron escorbuto, como si se tratase de una sola enfermedad, no era otra cosa que la falta total de ingesta de vitamina C. ¿Recuerda eso...?
_Mmhh... Si, de alguna etapa de la escuela, creo... Pero aun no encuentro la...
_Ya, ya... Ya llego. Vea: esos síntomas del cuadro, los conocemos hoy, en su mayoría, como enfermedades complejas. Esclerosis múltiple, deterioro cardiovascular y varios tipos de cáncer están descritos en aquellos relatos como síntomatología de una enfermedad. Pero no consumir las cantidades necesarias de vitamina C, lleva, en un tiempo determinado, a cualquiera de esas situaciones por carencia.

Helena Pastora agilizó sus movimientos mientras dibujaba en el aire con el dedo índice de su derecha.
_A ver, entonces, Don Benjamín, usted cree que si a un ser humano se lo... privase intencionalmente de una vitamina...
_¡No de "una"...! Ésta en especial. Mire: algunos simios, el murciélago y el ser humano, carecen de la enzima que fabrica la vitamina C. Por lo tanto, es indispensable adquirirla "de afuera", es decir, a través de los alimentos. Pauling demostró que la membrana celular, tejido conectivo, es colágeno. El colágeno está compuesto de dos aminoácidos: lisina y prolina mas vitamina C... Sin éstos tres micronutrientes, el tejido de la membrana celular, que es su protección y fuente de sus naturales defensas, queda expuesta al ataque de virus y tóxicos celulares y proliferación de células malignas, producto de la reproducción de esas infectadas. ¿Sabe que sustancia fabrican las células malignas para lograr aparecer en distintos órganos de aquel en donde se generaron?
_Se refiere a la metástasis...
_
Exactamente. Colagenasa. Esa es la sustancia. ¿Y para qué la fabrican? Su nombre lo indica: para destruir el colágeno. Asi logran pasar las membranas, barreras de las defensas de las células y reproducirse por el organismo. Y ya sabemos lo difícil que resulta de tratar un cuadro oncológico en esa etapa...

Helena Pastora se mostró pensativa y distante. Sus cuidadas uñas rojas tipeaban suavemente una escala sobre la madera lustrada del escritorio.

_Tenemos, pues, según su teoría, que alguien podría inducir cáncer manipulando la dieta...
_Cáncer o esclerosis o daño cardiovascular extremo, entre otras... Todo depende de esos nutrientes. Si se priva a un ser humano el tiempo suficiente de ellos, a través de un régimen que excluya las cantidades precisas de ellos...
_Entiendo. Y le pregunto, en plan conspirativo, ¿quién o quienes cree que pueden estar detrás...?
_¡Los yanquis! ¿Quienes mas, señorita...? Ya lo intentaron en los setentas con el Plan Cóndor, y nunca dejaron de intentarlo, sea cual fuere su presidente, demócrata o republicano! Esos imperialistas del demonio quieren todo para ellos. Es su misión en La Tierra, parece...

Helena Pastora se quedó pensativa unos segundos y después le preguntó a su vehemente visitante:

_¿Cómo cree usted que se podría acceder a la alimentación de un Mandatario para lograr semejante propósito destructivo paulatino de su salud...?

Don Benjamín tomó toda el agua del vasito que acompañaba al café. Se secó los labios con una servilleta de papel, y explicó:
_El catering... -Helena Pastora lo miró atenta e inmutable- ...mi amigo me dijo que desde hace unos años, la comida de los mandatarios, tanto en la Casa de Gobierno como en la Residencia Presidencial, en toda América se realiza a través de empresas de catering internacionales. Generalmente las mismas que dan servicio a empresas de transporte aéreo y marítimo.

Con un involuntario brillo de satisfacción en los ojos, Don Benjamín agregó:

_Y se también, que la empresa que prepara la comida de la presidenta, es la misma que la prepara en los países cuyos presidentes ya están enfermos...

Helena Pastora tragó saliva, se pasó la lengua por los dientes sin abrir la boca, volvió a tragar saliva y sin dejar de mirar al viejo, dijo:

_Es algo que no había pensado... ¿Y qué le dice su amigo de ésto...?
_Él no cree en mi teoría. Solo le hice las preguntas necesarias para atar cabos y me respondió. También me dijo que si me atendían en ésta oficina, "las chicas de la presidenta", iba a ir directamente al lugar adecuado con mi advertencia. Ya noté porque lo de las chicas... -guiñó un ojo y movió la cabeza señalando el personal femenino que los circundaba.
_Si. Es verdad lo del "sitio adecuado". El verdadero propósito de ésta oficina es anticiparse en materia de seguridad, a cualquier posible daño a la integridad moral o física de la Jefa de Estado. Ella confía mas en las mujeres, ¿sabe...?
_Si, me di cuenta...
_Se da cuenta de muchas cosas. Lo felicito. Tener a su... amigo "de su lado" también es motivo de felicitación.

Don Benjamín sonrió e inquirió:

_¿Entonces...? ¿Qué van a hacer...?

Helena Pastora se inclinó hacia adelante presurosa y puso ambas palmas sobre el escritorio.

_Como le dije, expuso usted su teoría en el ámbito correcto. Nos vamos a ocupar ya mismo de investigar a la empresa de catering . Tal vez la conspiración no venga desde la Dirección de la misma, pero tal vez haya infiltrados en ella.
_¿Le puedo pedir que me tenga al tanto...?

Helena Pastora se puso de pie y extendió la mano derecha a Don Benjamín mientras respondía:

_¡Por supuesto! ¿Cómo no iba a mantener al tanto de las novedades a quien trajo la pista principal de un posible magnicidio...? Créame, Don Benjamín, cuando le digo que, si tiene usted razón, si se comprueba su teoría, le habrá hecho un bien tan grande al país, a América Latina, a la Humanidad entera...

Y mientras le apretaba la mano fraternalmente, le agregó: "Es una suerte para todos, tenerlo de nuestro lado"

Don Benjamín no pudo decir mas. Con los ojos a punto de estallar en lágrimas de emoción, se despidió con la mano mientras salía de la oficina tratando de disimular su estado. "Van a creer que soy un flojo...", pensó.
La chica de la bandeja se acercó a levantar pocillos y vasos con una sonrisa sobradora mientras movía la cabeza de un lado al otro, como negando.
_Lloriqueaba... -murmuró.
Helena Pastora repondió con un seco "si" mientras sacaba de la cartera un teléfono celular y sin esperar a que termine de retirarse la camarera, presionó un número guardado en la memoria. Le respondieron de inmediato "Puerta P" y ordenó:

_Ángeles. Escuchame bien. El target que señalizamos es un código cuatro-b. Repito: cuatro-b. ¿Entendido?
_Entendido. -respondió Ángeles antes de cortar.

Helena Pastora guardó el celular en la cartera y tomó otro que estuvo todo el tiempo de la conversación sobre el escritorio. No necesitó encenderlo. Lo acercó a su oreja y preguntó:

_¿Recibieron bien?
Del otro lado le respondieron afirmativamente y siguió:

_Tenían razón respecto del viejito... Si... Resulta simpático, lo se, que a esa edad, aun tenga tales preocupaciones... Me hizo acordar un poco a mi abuelo Werner... Si, solo físicamente... y un poco en lo inteligente, tal vez... Pero mi abuelo nunca hubiese hecho nada que pusiera en peligro los objetivos de la cofradía, ni a sus integrantes...

Mientras su interlocutora hacía uso de su turno para hablar, se echó sobre el respaldo del sillón y con su mano libre, volvió a jugar con la lapicera, a la vez que respondía:

_Despaché un código cuatro-b. De ésta noche no pasa... ¿Accidente...? No. A sus años, accidente cerebro vascular será suficiente para un informe de rutina... Ustedes despachan el código para "el amigo invisible" ¿verdad...? ...si, si, ya se... Ya se que de invisible, no tiene nada, ese amigo... Nadie es invisible a los ojos del águila...

Al unísono que la mujer en la línea, emitió una risita socarrona.
Luego, aun con una sonrisa pintada en sus labios, agregó:

_Lo que mas me resultó gracioso, es que ¡de veras creía que somos los yanquis...!

* * *



Los nombres propios de los personajes de ésta historia, asi como los cargos públicos
y el nombre de algunas reparticiones, son ficticios, como asi también los de dependencias estatales existentes. Si existe alguna dependencia u oficina con funciones similares a las descriptas en cuyos puestos actuaran personas de nombres similares a los propuestos, no fue intención del autor, aludir a ellas.Ésto mismo abarca a posibles empresas de catering que pudieran dar servicio en tales despachos. Obra la coincidencia. C.C.A.







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domingo, 12 de febrero de 2012

DE TRANSPORTE PÚBLICO (Cuento de bondi)

Creyó que no era posible que, estando él leyendo un libro en el penúltimo lugar de una fila de butacas en el colectivo, una señora tan mayor haya llegado hasta ahi sin que nadie le diera el asiento antes. Estaba frente a él, sostenida del pasamanos de la butaca delantera. En la misma había sentada otra señora mayor, lo cual prácticamente lo obligaba -según su criterio y educación- a cederle su lugar.
Estuvo a punto de levantarse, casi cerró el libro, pero de pronto pensó:

"Un momento... Si llegó hasta aca, no es porque nadie le cedió el asiento antes... Lo deben haber hecho, pero ella se negó a aceptarlo..."

Arribó a ésta conclusión al observar en detalle el cuidado personal de la anciana (considerando que de ninguna manera a ella le gustaría ser llamada asi). Su vestimenta y calzado, el peinado, maquillaje, la pulcritud de sus gafas y
bijouterie... todo indicaba que no era de esas "viejitas resignadas" que descuidan el aspecto porque "total... ¿quién me va a mirar...?"

"Es muy coqueta como para aceptar que la consideren una desvalida... Si me levanto y se lo doy, va a negar que lo necesite... Y sin embargo, tiene un gesto como de dolor... La mano está muy agarrada... tiene temor de caerse... Pero si me levanto, va a decir que pronto se baja y me va a rechazar la propuesta de sentarse..."

Pronto tuvo una idea que lo hizo sonreír. Y la puso en práctica de inmediato.
Miró por la ventanilla. Cerró el libro. Lo guardó en su bolso. Se puso de pie para dirigirse hacia la puerta, pero lo hizo de manera tal de obstruirle el paso a un tipo que estaba al acecho, mas cerca de su asiento que la señora, y que no hubiera dudado en sentarse haciéndose el distraído. Sin mirar a la señora, se quedó obstaculizando al tipo durante unos tres segundos, de forma que el espacio obtenido solo daba chance de paso a la señora. Ésta vió la actitud de partida de él y no dudó en aprovechar la butaca. Se sentó despacio y mientras él se retiraba simulando bajar en la próxima parada, pudo ver el gesto de alivio en el arrugado pero finamente maquillado rostro de la anciana. Se alejó unos pasos para que ella no notara la maniobra y donde consiguió un lugar entre tanta gente de pie, se ubicó, se sostuvo con una mano de uno de los agarres superiores del vehículo, y con la otra mano sacó el libro y siguió leyendo.

No pudo concentrarse en la lectura.
Un sentimiento cálido y movilizador, interrumpió su concentración.
Tuvo la certeza y la experiencia de cuanto mejor se siente uno cuando realiza una buena acción
solo por la acción.
Tomó conocimiento de que, siempre que había dado el asiento en un sitio público, lo había hecho
porque asi fue educado. Porque "asi debe ser". Porque "Dios asi lo quería"... ¿O porque está bien que, frente a los demás, uno tiene que ser "el bueno de la película"?
Experimentó, pues, el placer de hacer el bien, no por el crédito, si no por el placer de hacer el bien.

Y sin mirar a quien.

(O sin esperar su agradecimiento, como premio a la
bien preciada bondad.)


viernes, 3 de febrero de 2012

FRANK & STERN (Cuento con basamento)



"_¡Está vivo! ¡Está vivo...!" gritó el Doctor, y tan fuerte que su voz se oyó claramente en todo el inmenso caserón, a pesar del estruendoso rayo que impactara en el dispositivo instalado para captarlo. El destello azul iluminó tanto a la noche, como al afiebrado rostro del científico, coronando su triunfo, mientras una mano de la criatura se sacudía con rítmicos estertores que corroboraban la afirmación de su creador: estaba vivo.

Al cabo de varios ejercicios de habilitación que demandaron el resto de la madrugada, el "nacido" de la fusión de cuerpos exhumados -para sorpresa de su hacedor- ya tenía pleno vocabulario.
Los experimentos anteriores habían dado, como resultado de la implantación de diferentes "donantes" de órganos y miembros, una asincronía de las partes con el común ordenador (el cerebro). Una desconexión total en unos casos, y en otros mas exitosos, si bien hubo conexión de las partes, la hubo con una materia gris en estado de "tábula rasa". Una cáscara vacía que había que llenar de información, que debía ser enseñada y educada. Un recién nacido en el cuerpo de un hombre de mas de treinta años. Eso sumado al hecho de que las criaturas no pasaban de las setenta y dos horas con vida, no fue suficiente para desalentar los intentos del científico.

Ésta vez era asombroso: el nuevo espécimen creado parecía tener toda la información operativa de quien usara aquel cerebro hasta su deceso, pero no los recuerdos, las memorias. Al menos no recordaba nada por el momento.

La criatura mostraba conciencia de su propio origen, dominio de sus movimientos básicos, como asi también pleno entendimiento de preguntas y... ¿órdenes....?

_A diferencia de otros intentos, a ti te he logrado mas humano. Con algunas operaciones de "retoque", no te diferenciarás del común de las personas que hay afuera. Puedes insertarte en la sociedad como uno mas. Eso me es muy conveniente. -dijo el Doctor, esbozando una mezcla de sonrisa satisfactoria y mueca maligna.

_¿Conveniente? ¿Para qué? ¿Cuál es la conveniencia suya, de estar insertado yo en la sociedad? -dijo el creado, despojándose por entero de los problemas de aletargamineto para pronunciar palabras que tuvo hacía apenas unas horas atrás.

_Esa sociedad me ha maldecido. Me humillaron. Se rieron de mi... de mis experimentos... Nadie quiso apoyar mis teorías sobre la creación de vida mas alla de la procreación... ¡Me confinaron...! Tu serás mi mejor demostración de que los equivocados eran ellos...
El científico miraba hacia un punto lejano e imaginario, con sus párpados entornados, como si viera a sus ofensores ahi, delante suyo.

_Serás mis ojos y mis oídos, mi vínculo con los irreconciliables bastardos... pero antes serás mi vengador.

_¿Vengador? -el engendro miró sobresaltado a su creador- ¿De qué habla? ¿Qué clase de venganza piensa que yo he de cometer...?

_La máxima. La que reclama mi ansía y mi mas acuciante sed de venganza: la de la sangre.

El "monstruo" miró sus manos. Notó que era diestro. Cerró esa mano y apretó sobre si misma. Comprobó su fuerza. Luego de la alimentación recibida hacía un rato, se sentía fuerte y dispuesto. Miró al Doctor y le dijo:

_No estoy aquí para vengar a nadie. No soy herramienta de sus ansias o su sed. Soy libre.

_¿Libre? ¡Ja...! Habráse visto... ¡Yo te dí la vida y yo puedo quitártela! -gritó el científico en plan de dios todopoderoso- _Has de dar los pasos que he planeado para ti y luego, cuando la gloria esté en mi historial ligada a mi nombre, entonces serás libre...

_¡No! -escupió el nuevo ser mientras de un salto se alejaba de la camilla y caía de pie, frente a su creador- _He de hacer lo que mi propia conciencia me dicte. Y si quiere evitarlo, tendrá pues que quitarme la vida que me dió... si puede.

Las últimas palabras sonaron amenazantes, si se puede considerar amenazante una persona -o humanoide- con el rostro apacible del recién creado. Pero frente a él, y éste mirándole de arriba, el Doctor pudo comprobar que le llevaba mas de dos cabezas de estatura y en función de las recientes pruebas, sabía que su fuerza estaba por encima de la media normal. Enfrentársele no sería una idea práctica.

_Apártese, por favor -musitó casi amablemente "el monstruo"

El Doctor lo pensó apenas tres segundos, al cabo de los cuales se movió a un lado y dejó pasar a su creación con infinita amargura. Lo vió alejarse por la ventana. Lo vió titubear primero, luego decidirse por un rumbo, como si supiera que aquel conducía al poblado. Murmuró:

_Volverá... Claro que lo hará.

Tal vez puro instinto guió a la criatura-hombre a buscar su destino y su libertad por aquel sendero en el que vió a la muchacha tendiendo la ropa lavada. Pasó frente a ella mientras ésta sujetaba una prenda al cordel en el jardín lateral de la cabaña junto al camino. Ella no lo miró, pero él notó que lo escuchaba pasar, porque el broche que sostenía se escapó de su mano al detener el movimiento para aguzar el oído. Él se acercó solícito a recoger el broche del piso y ella apresuró un saludo con algo de nerviosismo pero aun sin dirigirle la mirada.

_Hola... ¿Quién es...? -preguntó ladeando la cabeza, de manera que su oído pudo buscar mas a su interlocutor, que su vista.
Comprendió él, entonces, que era ciega.

_Hola. Soy un... viajante. Estoy de paso. -dijo acercando el broche a una mano de ella, ayudando con la otra mano el encuentro del utensillo con los dedos de la chica.

_Gracias... ¿Viene de lejos...? _le preguntó la muchacha mientras retomaba la tarea.

Él tomó otro broche y, del canasto, una prenda y comenzó a tender a continuación de la última que ella había tendido, mientras respondía:

_No... Antes viví cerca de aquí pero nunca entré a éste pueblo...
_¿Antes...?
_Si... -esbozó una sonrisa- ...en otra vida.

Ella sonrió. En la tarea de tender, las manos de ambos se encontraron en la soga y se detuvieron. Él la miró. Ella sintió que él la miraba. Él observó la delicada piel de ella, sus finos y brillantes cabellos recogidos en una cola que dejaba apreciar la gracilidad de su cuello y parte de sus hombros. El escote generoso era la usanza de la época y él estaba ensimismado en la contemplación cuando ella dijo:

_Soy Layla. ¿Cuál es su...?
_Frank... -tal vez recordó el nombre del dueño anterior de su cerebro.
_Encantada, Frank. ¿Hueles a pastel a punto de quemarse? Es mi horno. Debo sacarlo ahora mismo de ahi...
_Oh, seguro. Yo...
_Tu puedes acompañarme y una vez que se enfríe puedo invitarte una taza de te para acompañarlo. Ya percibo que eres una buena persona. ¿Qué dices? ¿Llevas apuro...?
_No, ninguno. -el rostro de Frank se iluminó mostrando verdadera vida por primera vez desde su "renacer"- Acepto, claro...

Él le cedió el paso y entraron presurosamente en la cabaña, tal cual lo exigían los tiempos de cocción. A escasos metros de ellos, cruzando el camino, un hombre dejaba caer un ramo de flores silvestres de una de sus manos, mientras apretaba el puño de la otra en gesto de impotencia.


Reynolds abrió enérgicamente la puerta de la taberna y aprovechó la consiguiente atención del tabernero y toda la concurrencia para preguntar en voz alta:

_¿Alguien conoce al payaso de camisón que está en casa de Layla...?

Estupor general. Y la voz de Hennings rompiendo el encantamiento de la sorpresa y el sopor:

_¿De camisón...? ¿Cómo los pijamas...?
_Asi es. -afirmó Reynolds muy enfadado. _Como los que usan en los hospitales para los enfermos.
_Pues aquí no tenemos hospital... -dijo dubitativamente Hennings, y agregó: _También los usan en los loqueros... pero aquí tampoco tenemos uno. Si es un loco, ha venido de lejos...

Las miradas se cruzaron de un lado a otro de la taberna. Todos parecían saber algo y no querer decirlo. O no querer, al decirlo, atraer ese algo que temían.

_Si es un loco, ¡Layla ha de estar en peligro...! -dijo Walters levantándose de la silla.

El mismo Reynolds fue el que puso sobre la mesa las cartas que ninguno quería ver:

_Y si es obra del maldito Doctor Stern... Layla está en peligro también.

El estupor se transformó en alboroto. Salvo los mas atolondrados por los efluvios etílicos, todos se levantaron y encaminaron hacia la puerta.

_¡Hay que ir urgentemente! -dijo O'Riordan- Ella...

_¡Tranquilos, caballeros! -dijo el marshall, acodado en la barra con el vaso en la mano y una botella de whisky casi vacía junto a él. _Debemos ser cautos. No podemos acusar a Stern o suponer que tiene que ver con él, sin prueba alguna.

Todos se quedaron en silencio mientras terminaba de un tirón el trago y luego decía:

_Si estabas merodeando la cabaña de Layla o ibas a visitarla, sabiendo que su padre no está en casa, Reynolds, no está bien que te descubras. Si ella lo dejó entrar, tal vez le conozca...

_¡No! ¡No es posible! -ladró Reynolds- Él la debe haber engañado...

_Como sea, -interrumpió el marshall- si te viniste hasta aquí a averiguar quien es el fulano o para alertarnos, es porque en tu observación no viste peligro inmediato ¿verdad...?

Reynolds tragó saliva. El marshall, insólitamente lúcido, considerando su estado, siguió:

_Pues entonces, lo que haremos, será vigilar. Rodearemos la casa sin que lo noten. Iremos tu, Hennings, O'Riordan y yo. No quiero alborotos ¿de acuerdo?.

De mala gana respondieron todos. Los nombrados se pusieron rápidamente en marcha. Al salir el marshall, Walters retuvo de un brazo a Reynolds y le dijo mirandolo a los ojos: "Estaremos cerca".

No era la primera vez que se había escapado algún "experimento humanoide" de la mansión Stern y el pueblo entero quiso linchar al doctor por los desmanes que la criatura causara. "Se la tenían jurada."


Frank apartó la taza y los restos del pastel sobre la mesa, al ver que Layla tenía intención de tocar sus manos. El contraste de la suavidad de la piel de ella con el áspero cuero de las grandes manos y sus cicatrices, le causaron a él cierta vergüenza. Hubo algo de pudor en su gesto, que ella reconoció y de inmediato quiso evitarle sentirse presionado.

_No, no temas... Entiendo que puedes tener tus motivos para no dejar que te toque, pero es mi forma de "ver". Cuando mi padre no está aquí para describirme a las cosas o las personas, debo tocarlas...
_Tu padre...
_Es el violinista que acompaña al Padre Osmond en la Iglesia de aquí, o donde quiera que éste vaya. Hoy tenían una boda en el pueblo de junto.

Una calidez de alivio invadió el cuerpo fragmentado de Frank. Comenzó a sentirse uno. Entero e indivisible. Las manos de Layla recorrieron las cicatrices de las articulaciones de sus brazos, reconociendo formas. De pronto notó él que, por toda loción, olía a formaldehído y ésto casi lo avergüenza otra vez... pero la sonrisa de Layla hablaba de otras importancias. Ahora las manos de ella reconocían extraños metales en el cuello de él, que pronto salteaban, aceptandolo como era. Luego hizo una recorrida por la cabeza calva pero plena de escollos a saltar por las tiernas manos, que acariciaron, entonces, su rostro. Pudo él comprobar tanto como ella, que sus propios ojos estaban húmedos de emoción.

_Eres apuesto, Frank.
_Tu eres hermosa y dulce, Layla...

Ambos se pusieron de pie al unísono. Apartáronse de la mesa para unir sus cuerpos en un abrazo tierno, y sus labios en cálido beso. Al cabo de algunos minutos de reconocimiento mutuo a través de sus bocas, entre caricias, suspiros, agradecimientos silenciosos y sonrisas, ella tomó de la mano a Frank y lo guió hacia su habitación.
Se besaron y abrazaron. Ella se soltó el cabello. Él comenzó a desabrochar las prendas de ella. La pasión iba en aumento, las respiraciones se volvían suspiros. Layla tanteó el pecho de Frank en busca de los botones que desprendieran su camisa. Él quiso ayudarla y ahi se descubrió a si mismo vestido con camisolín de paciente hospitalario. Apartó con suavidad las manos de ella. Dijo:

_Aguarda. Yo lo haré...

Tomó el borde inferior de la prenda y tiró hacia arriba quitandosela. Pudo observar las cicatrices de su pecho, algunas piezas metálicas que parecían conectores eléctricos aquí y allá, que no había notado aun, quizás por el efecto del láudano y anestésicos que Stern suministró cuando activó su sistema nervioso. Era la primera vez que se observaba y llamó su atención los diferentes tonos de color de "su" piel, mientras Layla esperaba, frente a él, arrodillada en la cama. Estaba por volver a ella, para no hacerla esperar, para desatar por completo la incontenible fuerza de... Pero no. Algo lo paralizó en el acto. Sus miembros superiores, aunque diferentes en sus tonos, eran fuertes y podían asir y abrazar... Sus miembros inferiores, también de distinta piel, lo sostenían y mantenían de pie y le daban el impulso necesario para caminar, correr... Su miembro... ¿su miembro? No había distinción de tono de la piel... ¡no había piel! No había miembro. En su lugar, un patético tubo de tripa, doblado en un improvisado cierre y abrochado con un agrafe o pinza de las que usaban los cirujanos. La respiración que se había ido, volvió de golpe al pecho de Frank, en forma de convulsiones que crecían en frecuencia y magnitud. Layla supo que algo estaba mal y alzando sus brazos, cubrió su pecho. Su gesto era una mezcla de preocupación y temor. Ya no reconocía como "buen hombre" a aquel ser jadeante enfurenciendo frente a ella. Dijo:

_Frank... ¿estás bien...? ¿Qué tienes...?

Por respuesta, recibió el fin de las convulsiones y jadeos que confluyeron en un estrepitoso grito.

_¡¡Noooooooooo...!!

Frank dejó a Layla aterrorizada en la habitación, en busca de la salida. Al pasar por la sala, tomó una camisa y un pantalón que vió sobre la mesa y eran parte de la ropa de su padre, que ella había lavado mas temprano, ya seca. Se calzó los pantalones que le quedaban cortos a las piernas y la camisa se la fue colocando mientras salía a toda prisa hacia la mansión Stern. Apenas pudo oir fusionado con el ruido del portazo, su nombre en boca de Layla.

_¡Frank...!


Reynolds hubiera saltado como un resorte desde detrás de los matorrales, si el marshall no lo hubiese evitado con su mano en el hombro. Lo instó a calmarse:

_Quieto... No hagas una tontería. Tu acércate con cautela a ver si Layla está bien. Yo seguiré al tipo. Hennings: quédate aqui vigilando.

Hennings asintió con la cabeza. El marshall se fue tras Frank, ocultándose entre las matas. Una vez que éste se alejó, Reynolds puso una mano en el brazo de Hennings y le dijo:

_Vé por Walters y los otros. Estoy seguro de que los necesitaremos.

El hombre acató la orden como un soldado y Reynolds se puso de pie y fue hacia la cabaña con paso firme. Entró y se dirigió con el mismo ímpetu al dormitorio donde aun Layla, llorando, apenas se había puesto la ropa interior. El rostro de Reynolds fue de pronto el de un perro salvaje frente a una presa fácil. Layla se sobresaltó. Llegó a decir: "¿Quién...?" antes de que el perro salvaje le saltara encima desgarrando su corset al grito de "¡Sucia traidora!". Ella consiguió zafarse empujándolo y gracias a que aun sus piernas estaban libres de vestiduras, saltó por la ventana para escapar de la bestia. Ésta se recompuso del empujón y fue tras su presa.

Stern escuchó los golpes en la puerta y los gritos, pero acudió con calma. La jactancia de que su creación estaría pronto de vuelta lo hizo abrir el portal amablemente y casi sonriendo irónicamente. Le dijo "Calma... adelante..." a un Frank enfurecido que lo empujó con el hombro al pasar.

_Sé que estás muy ansioso de vivir como el resto de las personas, pero te advertí que...
Las palabras del doctor se acallaron cuando al girar luego de cerrar la puerta, se encontró con Frank frente a él, con las piernas separadas, el pantalón en sus manos, arremangado hasta la mitad de los muslos, exhibiendo el espantoso cuadro. Inmutable, Stern dijo:

_Oh, eso...

Frank lo miró como si sus ojos disparasen dardos envenenados. El doctor prosiguió:

_Ni siquiera me diste tiempo para advertirte... Tampoco orinaste desde que la electricidad te dió tu primer impulso de vida... Aun no estás preparado para...
_¡Para ser libre, no estaba preparado...! ¡Pero sí para ser su... "vengador"! ¿verdad...? ¿Eso quiere decir?.
_No estás preparado... por completo. Eso quiero decir. Hay unas cuantas operaciones que aun he de realizarte. No ví que ésta que planteas fuera una prioridad...
_No la es en sus planes, doctor... Pero sus planes no son los mios.

Stern miró a Frank que se había abrochado los pantalones y no dejaba de lanzar su mortal mirada sobre quien creía tener los derechos de autor de su propia vida. Dijo:

_¿Qué piensas hacer...? Si haces lo que te digo, solo será cuestión de tiempo. Serás un hombre completo y...

Frank no se quedó a escucharlo. Salió dando un golpe a la puerta, pateó una maceta que contenía una planta seca y se alejó maldiciendo, por el mismo camino recorrido.

Reynolds alcanzó a Layla a unos metros de la cabaña, a orillas de la laguna. Ella rogó que no se acerque, intuyendo el tronco que éste esgrimía en su mano derecha, a manera de garrote. Él emitió un recalcitrante discurso que hablaba de la fidelidad, del tiempo que le había insumido cortejarla, de lo que le habían costado algunos regalos que le hizo y que ella no desdeñó. El deseo de someterla ahi mismo le ardía en las venas, pero el de matarla ya le había abrasado el corazón. Sin decir mas, se acercó, levantó el garrote sobre la cabeza de ella sosteniéndolo con ambas manos. En el momento de golpear, escuchó el grito de Frank que se acercaba a velocidad hacia él. Giró presurosamente la cabeza y vió que casi lo tenía encima. Volvió rápido sobre Layla sin tiempo a medir la intensidad del golpe, y golpeó, en el preciso momento que Frank caía sobre él, tumbándolo. El garrote alcanzó la cabeza de Layla lateralmente y su cuerpo cayó en parte sobre la orilla y en parte sobre el agua. La pelea tuvo poca duración. La fuerza de Frank era doblemente justificada y de inmediato desarmó a Reynolds. Los contendientes se levantaron lanzándose golpes y esquivándolos. Luego se tomaron de los brazos y forcejearon unos segundos: lo que podía resistir Reynolds la fuerza descomunal de su adversario. Desesperado, lanzó un cabezazo contra la frente de Frank para sorprenderlo, pero la sorpresa se la llevó él. La última de su vida. Su cabeza impactó contra una saliente metálica de las que asomaban en varios puntos del cráneo de su enemigo. Reynolds sintió un resorte saltar de su cerebro, oyó el sonido de madera seca al quebrarse, vió rojo, negro... y cayó muerto.
Frank se acercó al cuerpo de la chica, la alejó del agua, alzó su torso. Los cabellos de Layla estaban mojados con agua y con algo de sangre.

_¡Layla! Respóndeme, por favor... -dijo mientras acariciaba el rostro de ella. Pero Layla no respondió.
La alzó y la llevaba en sus brazos a la cabaña, cuando escuchó el grito:

_¡Alto, maldito seas...!

Hennings, Walters y unos doce hombres mas, estaban alli con sus palos, azadas y otras improvisadas armas de campesino. Miraban atónitos el cuadro. No tardaron en suponer lo que Hennings exclamó a viva voz señalándolo:

_¡Mató a Reynolds y a Layla...!

Frank entendió pronto que defenderse era tan inútil como explicar lo que pasó. La turba ya había puesto sus pasos hacia él y habían emitido un veredicto. Depositó con suavidad a Layla en el piso y se lanzó a correr con todas sus fuerzas en dirección a la mansión.

_¡A él! ¡Al asesino! ¡Que no escape...!

La sorprendente agilidad de Frank le dió la ventaja de llegar con suficiente anticipación a casa de Stern. No había tiempo de esperar que abra la puerta. Se trepó como un gato por una de las ventanas hacia el techado. Llegó hasta el pararrayos y levantando una tapa colocada para cubrir la abertura, se deslizó por el tubo, entrando directamente al laboratorio en la planta alta. Stern, sorprendido, no llegó a preguntar que ocurría, cuando Frank le dijo:

_¡Vienen por mi! Creen que maté a un hombre y a una chica...
_¿Qué...? ¿Los mataste...?
_No dije que los maté. Dije que creen que lo hice...
_¿Te vieron entrar aqui...? ¡Los trajiste hasta...!

Los gritos del exterior le contestaron.

_¡Entréguense! ¡No dejaremos que escapen! ¡Que salga el asesino!

Stern se asomó por una ventana y comprobó con desazón que los hombres del pueblo se encontraban rodeando la casa. Alguien lo detectó asomado y le hizo un gesto de maldecir con el puño, al que siguieron decenas de gritos insultándolo. Se apartó de la ventana pero siguió mirando a través de ella el todavía nublado cielo del atardecer. Apoyó su espalda y la nuca en la pared.

_Es el fin. Ellos reclaman sangre y han venido por ella...

Frank lo observaba con dureza en su rostro. Stern siguió:

_Todo hubiese salido bien si me hubieras hecho caso... Ellos... Una vez que te reconocieran como a uno mas, y revelaras que eres el fruto del trabajo de laboratorio... los hubiese hecho pensar muy distinto.
_Usted quería vengarse.
_¡Si!. De algunos quería su sangre, de otros, su reconocimiento... Pero ahora nada de eso tiene sentido.

Se acercó a la mesa de trabajo y tomo una jeringa grande cargada con un líquido transparente. Frank miraba el movimiento de la turba ansiosa ahi abajo y no notó el de Stern.

_Debes entregarte. Debo entregarte, lo siento...

Clavó la aguja de la jeringa repentinamente en el hombro de Frank. La reacción defensiva fue instantánea: el líquido no pudo entrar porque la mano de Stern fue detenida por la de Frank, mientras que con la otra mano tomó del cuello al científico, mas sin impedirle el habla.

_¡Entiende que no puedo echar a perder años de trabajo y una carrera! ¡Si mataste, debes ser juzgado...!
_He dicho que no lo hice... -dijo Frank mordiendo las palabras con su maxilar inferior impulsado hacia adelante como si fuera a desprenderse de su cabeza.

La mano que evitaba la jeringa tiró de ésta hacia afuera, quitándosela. La otra comenzó a apretar el cuello de Stern.

_Es usted un traidor mal nacido... Un engreído en quien no se puede confiar... Un maldito.


Los de afuera deliberaban sobre las medidas que tomarían de no salir "el asesino" y Stern. Podrían derribar la puerta entre todos con un ariete, que, seguramente, de estar en el lugar, eso lo habría evitado... _¡El marshall! ¡Vengan! ¡Aqui! -gritó un hombre de cuclillas junto a un matorral, mientras ayudaba a reincorporarse al marshall que estaba notablemente borracho.

_¿Qué pasó, marshall?? -le inquirieron.

El representante de La Ley se fue enterando de la situación a medida que se despertaba.

_Eh... ¡Me atacó...! El maldito me atacó... Me tomó por sorpresa y me atacó...! Ni siquiera ví con que me golpeó en la cabeza...
_¡Hay que hacerlos salir...! Propongo prender fuego para que el humo los fuerce. -gritó Walters. Lo siguieron otros gritos de apoyo a la propuesta.
_¡Aguarden! -sobresalió el marshall con su voz, volviendo de pronto a la realidad- Si se descontrola el fuego y la casa se incendia, si ellos no pueden salir o se ahogan con el humo, serán asesinatos que pesarán en nuestra conciencia para siempre...
_¡Pero son asesinos! Stern por soltar criaturas malignas y el...
_¡Lo se, Walters, pero aun con los asesinos debemos ser just...
_¡Miren! -interrumpió uno de los hombres.

Todos observaban atónitos como ardía repentinamente la planta alta de la casa. El laboratorio vomitaba altas llamaradas que entre chisporroteos y explosiones químicas, rompieron las ventanas y salieron al exterior con violencia. Los observadores esperaban ver salir a los acorralados por alguna de las dos puertas de la casa, pero nada se movía y solo se oían escalofriantes chillidos de animales de prueba atrapados. Pronto el fuego estuvo envolviendo la planta baja también. La casa entera fue en pocos segundos una pira a la que no podía acercarse nadie a menos de quince o veinte metros.
Alguien preguntó:

_¿Qué hacemos, marshall...? Tratar de apagarlo sería...
_Sería inútil, lo se... Traer agua suficiente hasta aqui llevaría mas tiempo que el que se tomará el fuego para liquidar la casa. -respondió el marshall. Y agregó: _Al menos no lo hemos iniciado. Nuestras conciencias estarán en paz.
_Justicia Divina -murmuró el otro. El marshall no le respondió.


Se quedaron observando la demolición de la casa por obra del fuego, como si fuese la quema de una falla en una fiesta popular, pero en silencio. Recién al dia siguiente, cuando Layla recuperó el conocimiento luego se ser asistida por las mujeres del pueblo que la hallaron donde los hombres la habían dado por muerta, supieron la verdad. La verdad que ella llegó a percibir. La única que conocerían, y que no era toda la verdad.

A media mañana, mientras entre las cenizas de la casa, aun nadie pudo encontrar restos reconocibles de Frank y Stern, pasaron por ahi, provenientes del pueblo mas cercano, unos carruajes que traían a los miembros del coro, al cura y algunos músicos, entre los cuales estaba el padre de Layla, que rápidamente enterado de los hechos, corrió a su casa.
El padre Osmond se acercó a las ruinas de la mansión. Se quitó el sombrero y los presentes imitaron de inmediato el gesto. El religioso cumplió con el requisito de rezar una plegaria por los muertos, y, sin saber cuanta relación tenía con lo ocurrido su corolario, agregó en voz alta:

_Han de pagar con su alma, aquellos que desoyen a su Creador.



Basado en "Frankenstein, El Moderno Prometeo" - Mary Shelley, 1818.
(De mas está aclararlo, pero corresponde.)