Sepan disculpar las modestias...

Cuentos cortos, cuentos tontos, cuentos prontos, cuentos quentes, cuentos cuerdos,

cuentos locos, cuentos cruentos...

cuertos contos.



Cuando se pone uno a escribir una historia que rondaba en su cabeza, corre el riesgo de estar juntando cosas que ha leído

y que acuden a vaya a saber qué convocatoria cerebral de compleja índole.



Sepan disculpar las molestias ocasionadas, aquellos que detecten faltas de ese tipo
repetitivo o copiador.



Y sepan disculpar las modestias, cuando alguna de esas ideas,
resulte original y sea buena...




CON ILUSTRACIONES DEL AUTOR






viernes, 3 de febrero de 2012

FRANK & STERN (Cuento con basamento)



"_¡Está vivo! ¡Está vivo...!" gritó el Doctor, y tan fuerte que su voz se oyó claramente en todo el inmenso caserón, a pesar del estruendoso rayo que impactara en el dispositivo instalado para captarlo. El destello azul iluminó tanto a la noche, como al afiebrado rostro del científico, coronando su triunfo, mientras una mano de la criatura se sacudía con rítmicos estertores que corroboraban la afirmación de su creador: estaba vivo.

Al cabo de varios ejercicios de habilitación que demandaron el resto de la madrugada, el "nacido" de la fusión de cuerpos exhumados -para sorpresa de su hacedor- ya tenía pleno vocabulario.
Los experimentos anteriores habían dado, como resultado de la implantación de diferentes "donantes" de órganos y miembros, una asincronía de las partes con el común ordenador (el cerebro). Una desconexión total en unos casos, y en otros mas exitosos, si bien hubo conexión de las partes, la hubo con una materia gris en estado de "tábula rasa". Una cáscara vacía que había que llenar de información, que debía ser enseñada y educada. Un recién nacido en el cuerpo de un hombre de mas de treinta años. Eso sumado al hecho de que las criaturas no pasaban de las setenta y dos horas con vida, no fue suficiente para desalentar los intentos del científico.

Ésta vez era asombroso: el nuevo espécimen creado parecía tener toda la información operativa de quien usara aquel cerebro hasta su deceso, pero no los recuerdos, las memorias. Al menos no recordaba nada por el momento.

La criatura mostraba conciencia de su propio origen, dominio de sus movimientos básicos, como asi también pleno entendimiento de preguntas y... ¿órdenes....?

_A diferencia de otros intentos, a ti te he logrado mas humano. Con algunas operaciones de "retoque", no te diferenciarás del común de las personas que hay afuera. Puedes insertarte en la sociedad como uno mas. Eso me es muy conveniente. -dijo el Doctor, esbozando una mezcla de sonrisa satisfactoria y mueca maligna.

_¿Conveniente? ¿Para qué? ¿Cuál es la conveniencia suya, de estar insertado yo en la sociedad? -dijo el creado, despojándose por entero de los problemas de aletargamineto para pronunciar palabras que tuvo hacía apenas unas horas atrás.

_Esa sociedad me ha maldecido. Me humillaron. Se rieron de mi... de mis experimentos... Nadie quiso apoyar mis teorías sobre la creación de vida mas alla de la procreación... ¡Me confinaron...! Tu serás mi mejor demostración de que los equivocados eran ellos...
El científico miraba hacia un punto lejano e imaginario, con sus párpados entornados, como si viera a sus ofensores ahi, delante suyo.

_Serás mis ojos y mis oídos, mi vínculo con los irreconciliables bastardos... pero antes serás mi vengador.

_¿Vengador? -el engendro miró sobresaltado a su creador- ¿De qué habla? ¿Qué clase de venganza piensa que yo he de cometer...?

_La máxima. La que reclama mi ansía y mi mas acuciante sed de venganza: la de la sangre.

El "monstruo" miró sus manos. Notó que era diestro. Cerró esa mano y apretó sobre si misma. Comprobó su fuerza. Luego de la alimentación recibida hacía un rato, se sentía fuerte y dispuesto. Miró al Doctor y le dijo:

_No estoy aquí para vengar a nadie. No soy herramienta de sus ansias o su sed. Soy libre.

_¿Libre? ¡Ja...! Habráse visto... ¡Yo te dí la vida y yo puedo quitártela! -gritó el científico en plan de dios todopoderoso- _Has de dar los pasos que he planeado para ti y luego, cuando la gloria esté en mi historial ligada a mi nombre, entonces serás libre...

_¡No! -escupió el nuevo ser mientras de un salto se alejaba de la camilla y caía de pie, frente a su creador- _He de hacer lo que mi propia conciencia me dicte. Y si quiere evitarlo, tendrá pues que quitarme la vida que me dió... si puede.

Las últimas palabras sonaron amenazantes, si se puede considerar amenazante una persona -o humanoide- con el rostro apacible del recién creado. Pero frente a él, y éste mirándole de arriba, el Doctor pudo comprobar que le llevaba mas de dos cabezas de estatura y en función de las recientes pruebas, sabía que su fuerza estaba por encima de la media normal. Enfrentársele no sería una idea práctica.

_Apártese, por favor -musitó casi amablemente "el monstruo"

El Doctor lo pensó apenas tres segundos, al cabo de los cuales se movió a un lado y dejó pasar a su creación con infinita amargura. Lo vió alejarse por la ventana. Lo vió titubear primero, luego decidirse por un rumbo, como si supiera que aquel conducía al poblado. Murmuró:

_Volverá... Claro que lo hará.

Tal vez puro instinto guió a la criatura-hombre a buscar su destino y su libertad por aquel sendero en el que vió a la muchacha tendiendo la ropa lavada. Pasó frente a ella mientras ésta sujetaba una prenda al cordel en el jardín lateral de la cabaña junto al camino. Ella no lo miró, pero él notó que lo escuchaba pasar, porque el broche que sostenía se escapó de su mano al detener el movimiento para aguzar el oído. Él se acercó solícito a recoger el broche del piso y ella apresuró un saludo con algo de nerviosismo pero aun sin dirigirle la mirada.

_Hola... ¿Quién es...? -preguntó ladeando la cabeza, de manera que su oído pudo buscar mas a su interlocutor, que su vista.
Comprendió él, entonces, que era ciega.

_Hola. Soy un... viajante. Estoy de paso. -dijo acercando el broche a una mano de ella, ayudando con la otra mano el encuentro del utensillo con los dedos de la chica.

_Gracias... ¿Viene de lejos...? _le preguntó la muchacha mientras retomaba la tarea.

Él tomó otro broche y, del canasto, una prenda y comenzó a tender a continuación de la última que ella había tendido, mientras respondía:

_No... Antes viví cerca de aquí pero nunca entré a éste pueblo...
_¿Antes...?
_Si... -esbozó una sonrisa- ...en otra vida.

Ella sonrió. En la tarea de tender, las manos de ambos se encontraron en la soga y se detuvieron. Él la miró. Ella sintió que él la miraba. Él observó la delicada piel de ella, sus finos y brillantes cabellos recogidos en una cola que dejaba apreciar la gracilidad de su cuello y parte de sus hombros. El escote generoso era la usanza de la época y él estaba ensimismado en la contemplación cuando ella dijo:

_Soy Layla. ¿Cuál es su...?
_Frank... -tal vez recordó el nombre del dueño anterior de su cerebro.
_Encantada, Frank. ¿Hueles a pastel a punto de quemarse? Es mi horno. Debo sacarlo ahora mismo de ahi...
_Oh, seguro. Yo...
_Tu puedes acompañarme y una vez que se enfríe puedo invitarte una taza de te para acompañarlo. Ya percibo que eres una buena persona. ¿Qué dices? ¿Llevas apuro...?
_No, ninguno. -el rostro de Frank se iluminó mostrando verdadera vida por primera vez desde su "renacer"- Acepto, claro...

Él le cedió el paso y entraron presurosamente en la cabaña, tal cual lo exigían los tiempos de cocción. A escasos metros de ellos, cruzando el camino, un hombre dejaba caer un ramo de flores silvestres de una de sus manos, mientras apretaba el puño de la otra en gesto de impotencia.


Reynolds abrió enérgicamente la puerta de la taberna y aprovechó la consiguiente atención del tabernero y toda la concurrencia para preguntar en voz alta:

_¿Alguien conoce al payaso de camisón que está en casa de Layla...?

Estupor general. Y la voz de Hennings rompiendo el encantamiento de la sorpresa y el sopor:

_¿De camisón...? ¿Cómo los pijamas...?
_Asi es. -afirmó Reynolds muy enfadado. _Como los que usan en los hospitales para los enfermos.
_Pues aquí no tenemos hospital... -dijo dubitativamente Hennings, y agregó: _También los usan en los loqueros... pero aquí tampoco tenemos uno. Si es un loco, ha venido de lejos...

Las miradas se cruzaron de un lado a otro de la taberna. Todos parecían saber algo y no querer decirlo. O no querer, al decirlo, atraer ese algo que temían.

_Si es un loco, ¡Layla ha de estar en peligro...! -dijo Walters levantándose de la silla.

El mismo Reynolds fue el que puso sobre la mesa las cartas que ninguno quería ver:

_Y si es obra del maldito Doctor Stern... Layla está en peligro también.

El estupor se transformó en alboroto. Salvo los mas atolondrados por los efluvios etílicos, todos se levantaron y encaminaron hacia la puerta.

_¡Hay que ir urgentemente! -dijo O'Riordan- Ella...

_¡Tranquilos, caballeros! -dijo el marshall, acodado en la barra con el vaso en la mano y una botella de whisky casi vacía junto a él. _Debemos ser cautos. No podemos acusar a Stern o suponer que tiene que ver con él, sin prueba alguna.

Todos se quedaron en silencio mientras terminaba de un tirón el trago y luego decía:

_Si estabas merodeando la cabaña de Layla o ibas a visitarla, sabiendo que su padre no está en casa, Reynolds, no está bien que te descubras. Si ella lo dejó entrar, tal vez le conozca...

_¡No! ¡No es posible! -ladró Reynolds- Él la debe haber engañado...

_Como sea, -interrumpió el marshall- si te viniste hasta aquí a averiguar quien es el fulano o para alertarnos, es porque en tu observación no viste peligro inmediato ¿verdad...?

Reynolds tragó saliva. El marshall, insólitamente lúcido, considerando su estado, siguió:

_Pues entonces, lo que haremos, será vigilar. Rodearemos la casa sin que lo noten. Iremos tu, Hennings, O'Riordan y yo. No quiero alborotos ¿de acuerdo?.

De mala gana respondieron todos. Los nombrados se pusieron rápidamente en marcha. Al salir el marshall, Walters retuvo de un brazo a Reynolds y le dijo mirandolo a los ojos: "Estaremos cerca".

No era la primera vez que se había escapado algún "experimento humanoide" de la mansión Stern y el pueblo entero quiso linchar al doctor por los desmanes que la criatura causara. "Se la tenían jurada."


Frank apartó la taza y los restos del pastel sobre la mesa, al ver que Layla tenía intención de tocar sus manos. El contraste de la suavidad de la piel de ella con el áspero cuero de las grandes manos y sus cicatrices, le causaron a él cierta vergüenza. Hubo algo de pudor en su gesto, que ella reconoció y de inmediato quiso evitarle sentirse presionado.

_No, no temas... Entiendo que puedes tener tus motivos para no dejar que te toque, pero es mi forma de "ver". Cuando mi padre no está aquí para describirme a las cosas o las personas, debo tocarlas...
_Tu padre...
_Es el violinista que acompaña al Padre Osmond en la Iglesia de aquí, o donde quiera que éste vaya. Hoy tenían una boda en el pueblo de junto.

Una calidez de alivio invadió el cuerpo fragmentado de Frank. Comenzó a sentirse uno. Entero e indivisible. Las manos de Layla recorrieron las cicatrices de las articulaciones de sus brazos, reconociendo formas. De pronto notó él que, por toda loción, olía a formaldehído y ésto casi lo avergüenza otra vez... pero la sonrisa de Layla hablaba de otras importancias. Ahora las manos de ella reconocían extraños metales en el cuello de él, que pronto salteaban, aceptandolo como era. Luego hizo una recorrida por la cabeza calva pero plena de escollos a saltar por las tiernas manos, que acariciaron, entonces, su rostro. Pudo él comprobar tanto como ella, que sus propios ojos estaban húmedos de emoción.

_Eres apuesto, Frank.
_Tu eres hermosa y dulce, Layla...

Ambos se pusieron de pie al unísono. Apartáronse de la mesa para unir sus cuerpos en un abrazo tierno, y sus labios en cálido beso. Al cabo de algunos minutos de reconocimiento mutuo a través de sus bocas, entre caricias, suspiros, agradecimientos silenciosos y sonrisas, ella tomó de la mano a Frank y lo guió hacia su habitación.
Se besaron y abrazaron. Ella se soltó el cabello. Él comenzó a desabrochar las prendas de ella. La pasión iba en aumento, las respiraciones se volvían suspiros. Layla tanteó el pecho de Frank en busca de los botones que desprendieran su camisa. Él quiso ayudarla y ahi se descubrió a si mismo vestido con camisolín de paciente hospitalario. Apartó con suavidad las manos de ella. Dijo:

_Aguarda. Yo lo haré...

Tomó el borde inferior de la prenda y tiró hacia arriba quitandosela. Pudo observar las cicatrices de su pecho, algunas piezas metálicas que parecían conectores eléctricos aquí y allá, que no había notado aun, quizás por el efecto del láudano y anestésicos que Stern suministró cuando activó su sistema nervioso. Era la primera vez que se observaba y llamó su atención los diferentes tonos de color de "su" piel, mientras Layla esperaba, frente a él, arrodillada en la cama. Estaba por volver a ella, para no hacerla esperar, para desatar por completo la incontenible fuerza de... Pero no. Algo lo paralizó en el acto. Sus miembros superiores, aunque diferentes en sus tonos, eran fuertes y podían asir y abrazar... Sus miembros inferiores, también de distinta piel, lo sostenían y mantenían de pie y le daban el impulso necesario para caminar, correr... Su miembro... ¿su miembro? No había distinción de tono de la piel... ¡no había piel! No había miembro. En su lugar, un patético tubo de tripa, doblado en un improvisado cierre y abrochado con un agrafe o pinza de las que usaban los cirujanos. La respiración que se había ido, volvió de golpe al pecho de Frank, en forma de convulsiones que crecían en frecuencia y magnitud. Layla supo que algo estaba mal y alzando sus brazos, cubrió su pecho. Su gesto era una mezcla de preocupación y temor. Ya no reconocía como "buen hombre" a aquel ser jadeante enfurenciendo frente a ella. Dijo:

_Frank... ¿estás bien...? ¿Qué tienes...?

Por respuesta, recibió el fin de las convulsiones y jadeos que confluyeron en un estrepitoso grito.

_¡¡Noooooooooo...!!

Frank dejó a Layla aterrorizada en la habitación, en busca de la salida. Al pasar por la sala, tomó una camisa y un pantalón que vió sobre la mesa y eran parte de la ropa de su padre, que ella había lavado mas temprano, ya seca. Se calzó los pantalones que le quedaban cortos a las piernas y la camisa se la fue colocando mientras salía a toda prisa hacia la mansión Stern. Apenas pudo oir fusionado con el ruido del portazo, su nombre en boca de Layla.

_¡Frank...!


Reynolds hubiera saltado como un resorte desde detrás de los matorrales, si el marshall no lo hubiese evitado con su mano en el hombro. Lo instó a calmarse:

_Quieto... No hagas una tontería. Tu acércate con cautela a ver si Layla está bien. Yo seguiré al tipo. Hennings: quédate aqui vigilando.

Hennings asintió con la cabeza. El marshall se fue tras Frank, ocultándose entre las matas. Una vez que éste se alejó, Reynolds puso una mano en el brazo de Hennings y le dijo:

_Vé por Walters y los otros. Estoy seguro de que los necesitaremos.

El hombre acató la orden como un soldado y Reynolds se puso de pie y fue hacia la cabaña con paso firme. Entró y se dirigió con el mismo ímpetu al dormitorio donde aun Layla, llorando, apenas se había puesto la ropa interior. El rostro de Reynolds fue de pronto el de un perro salvaje frente a una presa fácil. Layla se sobresaltó. Llegó a decir: "¿Quién...?" antes de que el perro salvaje le saltara encima desgarrando su corset al grito de "¡Sucia traidora!". Ella consiguió zafarse empujándolo y gracias a que aun sus piernas estaban libres de vestiduras, saltó por la ventana para escapar de la bestia. Ésta se recompuso del empujón y fue tras su presa.

Stern escuchó los golpes en la puerta y los gritos, pero acudió con calma. La jactancia de que su creación estaría pronto de vuelta lo hizo abrir el portal amablemente y casi sonriendo irónicamente. Le dijo "Calma... adelante..." a un Frank enfurecido que lo empujó con el hombro al pasar.

_Sé que estás muy ansioso de vivir como el resto de las personas, pero te advertí que...
Las palabras del doctor se acallaron cuando al girar luego de cerrar la puerta, se encontró con Frank frente a él, con las piernas separadas, el pantalón en sus manos, arremangado hasta la mitad de los muslos, exhibiendo el espantoso cuadro. Inmutable, Stern dijo:

_Oh, eso...

Frank lo miró como si sus ojos disparasen dardos envenenados. El doctor prosiguió:

_Ni siquiera me diste tiempo para advertirte... Tampoco orinaste desde que la electricidad te dió tu primer impulso de vida... Aun no estás preparado para...
_¡Para ser libre, no estaba preparado...! ¡Pero sí para ser su... "vengador"! ¿verdad...? ¿Eso quiere decir?.
_No estás preparado... por completo. Eso quiero decir. Hay unas cuantas operaciones que aun he de realizarte. No ví que ésta que planteas fuera una prioridad...
_No la es en sus planes, doctor... Pero sus planes no son los mios.

Stern miró a Frank que se había abrochado los pantalones y no dejaba de lanzar su mortal mirada sobre quien creía tener los derechos de autor de su propia vida. Dijo:

_¿Qué piensas hacer...? Si haces lo que te digo, solo será cuestión de tiempo. Serás un hombre completo y...

Frank no se quedó a escucharlo. Salió dando un golpe a la puerta, pateó una maceta que contenía una planta seca y se alejó maldiciendo, por el mismo camino recorrido.

Reynolds alcanzó a Layla a unos metros de la cabaña, a orillas de la laguna. Ella rogó que no se acerque, intuyendo el tronco que éste esgrimía en su mano derecha, a manera de garrote. Él emitió un recalcitrante discurso que hablaba de la fidelidad, del tiempo que le había insumido cortejarla, de lo que le habían costado algunos regalos que le hizo y que ella no desdeñó. El deseo de someterla ahi mismo le ardía en las venas, pero el de matarla ya le había abrasado el corazón. Sin decir mas, se acercó, levantó el garrote sobre la cabeza de ella sosteniéndolo con ambas manos. En el momento de golpear, escuchó el grito de Frank que se acercaba a velocidad hacia él. Giró presurosamente la cabeza y vió que casi lo tenía encima. Volvió rápido sobre Layla sin tiempo a medir la intensidad del golpe, y golpeó, en el preciso momento que Frank caía sobre él, tumbándolo. El garrote alcanzó la cabeza de Layla lateralmente y su cuerpo cayó en parte sobre la orilla y en parte sobre el agua. La pelea tuvo poca duración. La fuerza de Frank era doblemente justificada y de inmediato desarmó a Reynolds. Los contendientes se levantaron lanzándose golpes y esquivándolos. Luego se tomaron de los brazos y forcejearon unos segundos: lo que podía resistir Reynolds la fuerza descomunal de su adversario. Desesperado, lanzó un cabezazo contra la frente de Frank para sorprenderlo, pero la sorpresa se la llevó él. La última de su vida. Su cabeza impactó contra una saliente metálica de las que asomaban en varios puntos del cráneo de su enemigo. Reynolds sintió un resorte saltar de su cerebro, oyó el sonido de madera seca al quebrarse, vió rojo, negro... y cayó muerto.
Frank se acercó al cuerpo de la chica, la alejó del agua, alzó su torso. Los cabellos de Layla estaban mojados con agua y con algo de sangre.

_¡Layla! Respóndeme, por favor... -dijo mientras acariciaba el rostro de ella. Pero Layla no respondió.
La alzó y la llevaba en sus brazos a la cabaña, cuando escuchó el grito:

_¡Alto, maldito seas...!

Hennings, Walters y unos doce hombres mas, estaban alli con sus palos, azadas y otras improvisadas armas de campesino. Miraban atónitos el cuadro. No tardaron en suponer lo que Hennings exclamó a viva voz señalándolo:

_¡Mató a Reynolds y a Layla...!

Frank entendió pronto que defenderse era tan inútil como explicar lo que pasó. La turba ya había puesto sus pasos hacia él y habían emitido un veredicto. Depositó con suavidad a Layla en el piso y se lanzó a correr con todas sus fuerzas en dirección a la mansión.

_¡A él! ¡Al asesino! ¡Que no escape...!

La sorprendente agilidad de Frank le dió la ventaja de llegar con suficiente anticipación a casa de Stern. No había tiempo de esperar que abra la puerta. Se trepó como un gato por una de las ventanas hacia el techado. Llegó hasta el pararrayos y levantando una tapa colocada para cubrir la abertura, se deslizó por el tubo, entrando directamente al laboratorio en la planta alta. Stern, sorprendido, no llegó a preguntar que ocurría, cuando Frank le dijo:

_¡Vienen por mi! Creen que maté a un hombre y a una chica...
_¿Qué...? ¿Los mataste...?
_No dije que los maté. Dije que creen que lo hice...
_¿Te vieron entrar aqui...? ¡Los trajiste hasta...!

Los gritos del exterior le contestaron.

_¡Entréguense! ¡No dejaremos que escapen! ¡Que salga el asesino!

Stern se asomó por una ventana y comprobó con desazón que los hombres del pueblo se encontraban rodeando la casa. Alguien lo detectó asomado y le hizo un gesto de maldecir con el puño, al que siguieron decenas de gritos insultándolo. Se apartó de la ventana pero siguió mirando a través de ella el todavía nublado cielo del atardecer. Apoyó su espalda y la nuca en la pared.

_Es el fin. Ellos reclaman sangre y han venido por ella...

Frank lo observaba con dureza en su rostro. Stern siguió:

_Todo hubiese salido bien si me hubieras hecho caso... Ellos... Una vez que te reconocieran como a uno mas, y revelaras que eres el fruto del trabajo de laboratorio... los hubiese hecho pensar muy distinto.
_Usted quería vengarse.
_¡Si!. De algunos quería su sangre, de otros, su reconocimiento... Pero ahora nada de eso tiene sentido.

Se acercó a la mesa de trabajo y tomo una jeringa grande cargada con un líquido transparente. Frank miraba el movimiento de la turba ansiosa ahi abajo y no notó el de Stern.

_Debes entregarte. Debo entregarte, lo siento...

Clavó la aguja de la jeringa repentinamente en el hombro de Frank. La reacción defensiva fue instantánea: el líquido no pudo entrar porque la mano de Stern fue detenida por la de Frank, mientras que con la otra mano tomó del cuello al científico, mas sin impedirle el habla.

_¡Entiende que no puedo echar a perder años de trabajo y una carrera! ¡Si mataste, debes ser juzgado...!
_He dicho que no lo hice... -dijo Frank mordiendo las palabras con su maxilar inferior impulsado hacia adelante como si fuera a desprenderse de su cabeza.

La mano que evitaba la jeringa tiró de ésta hacia afuera, quitándosela. La otra comenzó a apretar el cuello de Stern.

_Es usted un traidor mal nacido... Un engreído en quien no se puede confiar... Un maldito.


Los de afuera deliberaban sobre las medidas que tomarían de no salir "el asesino" y Stern. Podrían derribar la puerta entre todos con un ariete, que, seguramente, de estar en el lugar, eso lo habría evitado... _¡El marshall! ¡Vengan! ¡Aqui! -gritó un hombre de cuclillas junto a un matorral, mientras ayudaba a reincorporarse al marshall que estaba notablemente borracho.

_¿Qué pasó, marshall?? -le inquirieron.

El representante de La Ley se fue enterando de la situación a medida que se despertaba.

_Eh... ¡Me atacó...! El maldito me atacó... Me tomó por sorpresa y me atacó...! Ni siquiera ví con que me golpeó en la cabeza...
_¡Hay que hacerlos salir...! Propongo prender fuego para que el humo los fuerce. -gritó Walters. Lo siguieron otros gritos de apoyo a la propuesta.
_¡Aguarden! -sobresalió el marshall con su voz, volviendo de pronto a la realidad- Si se descontrola el fuego y la casa se incendia, si ellos no pueden salir o se ahogan con el humo, serán asesinatos que pesarán en nuestra conciencia para siempre...
_¡Pero son asesinos! Stern por soltar criaturas malignas y el...
_¡Lo se, Walters, pero aun con los asesinos debemos ser just...
_¡Miren! -interrumpió uno de los hombres.

Todos observaban atónitos como ardía repentinamente la planta alta de la casa. El laboratorio vomitaba altas llamaradas que entre chisporroteos y explosiones químicas, rompieron las ventanas y salieron al exterior con violencia. Los observadores esperaban ver salir a los acorralados por alguna de las dos puertas de la casa, pero nada se movía y solo se oían escalofriantes chillidos de animales de prueba atrapados. Pronto el fuego estuvo envolviendo la planta baja también. La casa entera fue en pocos segundos una pira a la que no podía acercarse nadie a menos de quince o veinte metros.
Alguien preguntó:

_¿Qué hacemos, marshall...? Tratar de apagarlo sería...
_Sería inútil, lo se... Traer agua suficiente hasta aqui llevaría mas tiempo que el que se tomará el fuego para liquidar la casa. -respondió el marshall. Y agregó: _Al menos no lo hemos iniciado. Nuestras conciencias estarán en paz.
_Justicia Divina -murmuró el otro. El marshall no le respondió.


Se quedaron observando la demolición de la casa por obra del fuego, como si fuese la quema de una falla en una fiesta popular, pero en silencio. Recién al dia siguiente, cuando Layla recuperó el conocimiento luego se ser asistida por las mujeres del pueblo que la hallaron donde los hombres la habían dado por muerta, supieron la verdad. La verdad que ella llegó a percibir. La única que conocerían, y que no era toda la verdad.

A media mañana, mientras entre las cenizas de la casa, aun nadie pudo encontrar restos reconocibles de Frank y Stern, pasaron por ahi, provenientes del pueblo mas cercano, unos carruajes que traían a los miembros del coro, al cura y algunos músicos, entre los cuales estaba el padre de Layla, que rápidamente enterado de los hechos, corrió a su casa.
El padre Osmond se acercó a las ruinas de la mansión. Se quitó el sombrero y los presentes imitaron de inmediato el gesto. El religioso cumplió con el requisito de rezar una plegaria por los muertos, y, sin saber cuanta relación tenía con lo ocurrido su corolario, agregó en voz alta:

_Han de pagar con su alma, aquellos que desoyen a su Creador.



Basado en "Frankenstein, El Moderno Prometeo" - Mary Shelley, 1818.
(De mas está aclararlo, pero corresponde.)
















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