Él: -Mirate, puta reventada. No te da vergüenza... El aspecto que tenés cuando salís de la cama... ¡Asco, das...!Ella pareció no acusar recibo de la agresión.
Él siguió: -Patética... Por mas que te diga, no aprendés... Sos la peor. Te arreglás un poco y creés que con esa imagen de buena persona, honesta, honrada, decente, que das, me engañás... Pero no. ¡A mi no me engañás! ¿sabés? Yo te conozco. Te conozco bien, si... Yo se quien sos. ¡Puta!.
Ella lo miró. Pareció reaccionar.
Él volvió a la carga: -Naciste marcada. Nada de lo que hagas va a cambiar tu condición. Los que nacen en la mierda, viven toda su vida impregnados en eso. Y vos, puta mal nacida, ¡naciste de una puta maldita y arrastrada, que te parió por el culo y en un sucio y maldito charco de sucia mierda...!
Él se había enrojecido, como cobrando vigor, exaltación en la indignante ráfaga de imprecaciones que vociferó. Subiendo el nivel de sonido en cada palabra, como si una mano del mismo Satanás girara a la dercha lentamente el diabólico potenciómetro de volumen de su insensatez. Los ojos inyectados en sangre.
Hizo en ese estado bestial una pausa. Quizás para respirar.
Ella acumuló en sus sacos lagrimales la humedsd suficiente como para que una gota de uno desbordara.
Él pareció conmoverse. Pero solo por un segundo. Pronto empezó otra vez:
_Llorá, si... Llorá. Llorá tus lágrimas de cocodrilo, puta... Como toda tu vida, cada vez que demostrás que no servís... que sos buena para nada, y cuando ya te mandaste la cagada y no tiene arreglo, ahi nomás te ponés a llorar... ¡Y creés que con tus lagrimitas de mierda, me vas a engañar a mi...! ¡A ellos puede que engañes, a algunos, pero a mi no ¿sabés?! ¡A mi no...!
Él miró hacia abajo mientras respiraba agitado. Tal vez para quitarle los ojos de encima a ella, con la esperanza de no sentir tantas ganas de golpearla. Pero levantó la vista y ella seguía ahi, como esperando la continuación de semejante tortura verbal. Que continuó:
-Y ayer si que te la mandaste... Ayer si... No te alcanza con acostarte con todos los compañeros de trabajo que te tengan ganas, no. No te alcanza... Tenías que acostarte con el General... ¡Con el General...! ¡De todos los tipos del mundo con los que te podés revolcar para humillarme y arruinarme la carrera, tenías que revolcarte con el General...! ¡Con todo lo que eso me va a traer...! -se pasó una mano por la cara resoplando y hasta pareció que eso le hubiese corrido una máscara que ahora dejaba ver una pretendida sonrisa. Pretendida por lo cínica- Pero bien que te gustó ¿eh, putita...? Te gustó, se te nota... Lo deseabas, lo provocaste, lo conseguiste y ¡te lo tiraste!. Bien que te gustó, si... Total, ¿qué importa todo el esfuerzo que yo pudiera haber hecho para llegar adonde estoy...? ¿Qué te importa a vos, puta maldita? ¡¿Qué carajo te impota a vos?! ¡Una mierda, te importa! ¡¡Una mierdaaaa...!!
Ella bajó la cabeza. Pareció tragarse alguna palabra que podría haber dicho, por pura abnegación. O por costumbre. O por pura resistencia.
Ya era el un enchastre de transpiración, elevada temperatura. Y lágrimas. Como si hubiese descargado una pesada bolsa de podredumbre, agotado, bajó el tono de su brutal vozarrón, para agregar:
-Si tuvieses huevos te tendrías que matar...
Dejó de mirarla para ir a abrir el grifo de la ducha y quitarse todo ese lodo maloliente del que se había cubierto. Rutina: Levantarse, descargarse con ella "por todo lo que le había hecho", ducharse, desayunar, ponerse el uniforme y presentarse en el Liceo. En el sagrado predio que lo vió crecer en su carrera, donde sus subalternos esperaban recibir sus órdenes y reflejar su conducta ejemplar. Todos los días.
Antes de meterse bajo la lluvia, quiso verla a ella una vez mas, para tener una reflexión. Pero no pudo. El espejo estaba totalmente empañado por el vapor del agua caliente.
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